¿Sabes? A veces no hace falta morir para visitar el infierno.
A veces con sólo concentrarte en cómo es la gente puedes hacerte una idea de cómo debe ser.
Hay otras ocasiones en que ni siquiera tienes que buscarlo, que es lo peor.
Esas ocasiones, quieres morir, quieres no estar ahí, en ese lugar tan oscuro en el que su alma no responde.
Hay días que la visita parece no acabar ni siquiera, en el que hasta el Sol se pone en tu contra, te da la espalda y decide no alumbrarte, y que ese halo de luz que solías disfrutar se evapora... se evapora sin quererlo, sin desearlo ni esperarlo...
Y, ¿sabes que es peor aún? Que tardas entre 1 y 15 meses en darte cuenta de que ese halo de luz que tanto calor te daba no volverá, se ha apagado y las nubes no se deciden a dejarlo pasar.
Que era tan efímero, tan microscópico que fue tu propio cáncer, algo que degeneraba y que era imposible que volviese a ser como antes... Algo que acabaría destruyéndote esa parte de tí.
Por suerte te diste cuenta... Tarde... Pero más vale tarde que nunca. Y gracias a que te diste cuenta, pudiste reaccionar.
Y lo sabes.
Te hablo de ti, de esa persona que tanto odias, que tanto odias por culpa de otra.
Esa otra por la que tantas lágrimas has derramado y por la que te da igual seguir haciéndolo, pero tambien esa otra por la que dejarías de vomitarlas si tuvieses a quien querer.
Pero me temo que el problema radica en el quién, sino en que te sobra miedo y te falta paciencia.
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