Esa era la pregunta que rondaba en su cabeza, desde que se despertaba hasta que se dormía de nuevo... desde que el sol salía hasta que se ponía...
El ansia y la ilusión que, paradojicamente, le atormentaban se estaban convirtiendo en su estilo de vida: A la desesperada.
No era capaz de vislumbrar el porqué de la mayoría de las cosas que le rodeaban, vivía por y para pensar en eso, en esas cosas que le hacían sentirse auténtico, esas cosas que, inexorablemente, acabarían con él, pero que al mismo tiempo, le darían fuerzas para seguir caminando.
Su vida era una antítesis, un querer y no poder... ni contigo ni sin tí, pero más contigo que sin tí...
Él lo sabía, las cosas no podían ser de otra manera, empezaba a creer en el destino, y si bien no estaba a su lado, estaría con ella durante mucho tiempo, y le gustaba eso, no podía pedir más, no podía decidir no mirar las cosas de forma objetiva. No era una obsesión, era real, tan real como el aire que respiraba, y tan necesario.
Solo había una manera de hacer las cosas: la directa. No creía tener la capacidad de aguantar más tiempo, sus pulmones se hacían cada vez más pequeños, el aire que almacenaba era cada vez menor y el pulso subía cada vez más conforme conjugaba los verbos y expresaba sus sentimientos... Estaba convencido de todos los errores de su vida, y no se arrepentía de ninguno, pensaba transformar esos errores en aciertos, aciertos perfectos e inexpugnables.
Los silencios que le rodeaban, los latidos del corazón que golpeaban contra su pecho desde dentro se lo decían, la soledad que él había elegido y el futuro que se estaba formando le apoyaban... sería fuerte, era hora de ser quien era, de recordar porqué todo era antes perfecto.
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Y el por aire te daré
lo más difícil de tener,
La confianza que tú a mí
me regalaste.
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